jueves, 20 de marzo de 2014

Crimea y Cataluña / Fraude electoral de 1936

Crimea era rusa hasta que el ucraniano  Jruschof, sucesor de Stalin, decidió pasarla a Ucrania en 1954.  Por entonces la cuestión parecía poco relevante, porque Ucrania formaba a su vez parte de la URSS,  de la que nadie sospechaba que fuera a desaparecer 37 años después. Pero con el naufragio soviético, la decisión de Jruschof creó un problema que iría agravándose. Pensé en un principio que Putin  quería presionar a Ucrania con Crimea, más que recuperarla, pero parece que ha decidio apostar fuerte dando por perdida a Ucrania, al menos por ahora,  para sus grandes designios euroasiáticos ante la decidida orientación pro UE de Kíef. Queda a Moscú la minoría rusa dentro de Ucrania para mantener una posibilidad de influencia, incluso desestabilizadora.

   La UE y Usa hablan de no reconocer el referéndum y el hecho consumado de Putin, pero la autoridad moral y política de su condena tiene el punto débil de la acción de la OTAN  en Kosovo, tan similar a la rusa en Crimea. Y la aplicación de sanciones económicas es arma de doble filo, ya que la desestabilización de Rusia no conviene a nadie.  Y , en fin, el coste de Crimea podría  resultar aceptable para los occidentales si a cambio Ucrania se acerca mucho más a la UE. Falta por ver qué hará Ucrania, pero no es probable que la UE la aliente a buscar soluciones militares.

   Inevitablemente, dada la involución política y la demagogia  reinantes en España, muchos relacionarán el referéndum de Crimea con el proyectado por el delirante Mas en Cataluña.  Digo delirante en el sentido de que su plan va contra la historia, la cultura y la política tradicional de siglos, no porque sea irrealizable. Lo volvería irrealizable un gobierno español defensor de la ley y de la integridad de España, pero ese gobierno no existe. La clase política española es probablemente la única en el mundo que ha amparado y financiado los separatismos en su propio país, y solo por eso merecería ser echada al proverbial basurero de la historia. En cambio sigue mandando, camino del desastre, esperando que “Europa”, como llama a la UE, defienda unos intereses que ella no solo no defiende, sino que perjudica desde hace muchos años.  E ignorando que en Alemania, por ejemplo, los analistas y la prensa vienen mostrando  comprensión y simpatía por la "decisión de los pueblos", es decir, de los separatistas catalanes; aunque hayan moderado su entusiasmo en relación con Crimea.
El hecho real es que Cataluña nunca ha sido parte de otro país, como Crimea de Rusia, sino parte precisamente de España, primero a través de la corona de Aragón y después directamente. El separatismo surge muy tardíamente, con una mezcla de racismo (delirante), de antiliberalismo integrista y de manías de grandeza  contrastadas con la ruindad de sus líderes. Nunca fue una nación ni quiso serlo hasta que unos políticos iluminados, jaleados de mil formas desde Madrid, han venido realizando una “construcción nacional”. Por dos veces el separatismo catalán ha creado graves problemas, contribuyendo a destruir el régimen liberal de la Restauración, luego la semidemocracia de la república y ahora, por tercera vez, la muy maleada democracia española. Existen atisbos de reacción en la sociedad, pero son todavía muy débiles, y el tiempo apremia.
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Como digo, falta un estudio detallado, que creo saldrá en 2015, sobre las actas y el modo como se  escrutaron los votos (las votaciones generales no fueron publicadas). No hay dudas --salvo para los no demócratas-- sobre la ilegalidad de las elecciones del Frente Popular desde la primera vuelta hasta la no menos fraudulenta revisión de actas en las Cortes, pasando por la segunda vuelta y la repetición en Cuenca y Granada. Es cierto que a pesar de ello, guiada por la desmoralización, el miedo, la idea del mal menor y la esperanza de que Azaña frenase el proceso revolucionario, la CEDA (no así otros grupos) aceptó los resultados, como subrayan Southworth y otros. Pero la aceptación de un fraude no convierte a este en legal y democrático.
   La cuestión no puede compararse con el cambio de régimen en 1931, aunque tiene un punto en común: la resignación a un cambio de régimen a partir de unas elecciones fraudulentas en el 36  o interpretadas fraudulentamente en 1931. Es decir, la colaboración pasiva en el fraude.  La monarquía se desentendió de sus propios votantes  y entregó el poder ante los primeros amagos de manifestación callejera, incluso antes de ellos.  En 1936,  la CEDA  no entregó ningún poder, y depositó cierta esperanza inicial en Azaña, muy  pronto defraudada, esperando que la ilegalidad electoral fuera corregida luego en la práctica por un mínimo de racionalidad política que cortara el paso a la revolución. Pero lo que se produjo fue una escalada de crímenes e ilegalidades  que acabaron de demoler la precaria legalidad republicana --salvada por la derecha, en 1934, del asalto de la izquierda--. La palmaria ilegitimidad de origen del Frente Popular no tuvo corrección, sino que se completó con una brutal ilegitimidad de ejercicio.  En 1931 la monarquía desapareció. En febrero de 1936  la legalidad republicana se vino abajo mientras se mantenía nominalmente la república. La derecha se mantuvo, en medio de un hostigamiento brutal, hasta que decidió rebelarse, purgando así su reiterada contribución pasiva al fraude.

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